La reciente ley aprobada en el Parlamento Catalán de prohibir la llamada fiesta brava en Cataluña, ha causado renovado interés sobre la prohibición de la tauromaquia. Es muy interesante como van y vienen argumentos a favor y contra de dicha tradición, cada bando con iguales o mejores argumentos.
La conciencia en pro de los derechos de los animales aduce, y con sobrada razón que la crueldad humana, plasmada en una faena en un ruedo, es un espectáculo que debió caducar hace siglos cuando la humanidad tuvo a su deber la modernidad, los discursos sobre los derechos universales y la occidentalización del mundo.
Pero sin menor desprecio y mayor razón, aunque hay algunos que hacen mejor oficio quedándose callados, como los expertos colombianos sobre tauromaquia. Los toros de lidia son parte y esencia de la identidad y cultura de pueblos como el español, que desde las cuevas de Altamira, nos recuerda la estrecha relación entre humanos y bestias, necesaria para la sobrevivencia de ambos, sea atreves de la cacería o la domesticación de este gran rumiante.
Pero la palabra eje para defender la tauromaquia, se queda en TRADICIÓN, acompañada de cultura y legado. Si ese fuera el argumento, por tradición las mujeres no tendrían voto, por legado la religión católica sería la única y universal y por cultura la homosexualidad seguiría siendo tratada como un delito y enfermedad que combatir.
Lo que nos hace especiales como especie y seres, es la capacidad de cambio y adaptación a las nuevas circunstancias, algunas tan traumáticas como las guerras mundiales o fratricidas como nuestra guerra, que nos hace valorar mas nuestra vida e existencia, o gratas como al revolución de las TICs y que les permiten conocer este blog, sin esperar meses a que llegue una carta.
La tradición hija de la cultura y prima del legado como concepto y teoría, conlleva entender y asumir el CAMBIO, la cultura estática como los museos es vida que ya paso, solo representa un pasado con sus problemas y aportes. Es por este motivo que la tauromaquia no debe de escudarse en la tradición por que la cultura es dinámica, es movimiento, innovación. La virilidad o el valor ya no se exhiben enfrentándose a un toro, ni yendo a la guerra, está en evitar la muerte innecesaria de seres vivos, entender que la crueldad no es arte, y que la vida sin importar de quien o que ser sea, es el valor máximo, y principio primigenio y universal al respetar la existencia de todos y todas las formas de vida en este planeta.